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¿QUÉ TAL EL AGUA DE MAR PARA LA GENTE MAYOR?

Agua de mar

¿QUÉ TAL EL AGUA DE MAR PARA LA GENTE MAYOR?

Parece como que la gente se ha despertado y de repente haya descubierto el mar. Pero no es eso. Lo que ha descubierto la gente es que tanto la agricultura como la industria alimentaria están deteriorando severamente los alimentos que nos ofrecen, y que de alguna manera tendremos que defendernos de esa agresión y subsanar sus desastres. Y resulta que ese remedio mágico viene a ser el AGUA DE MAR.

¿Pero qué tiene de mágico el agua de mar? Los biólogos más inclinados a lo poético nos dirán que el agua de mar es la matriz geológica de la vida. ¿Y eso qué es? Pues que sin la aportación geológica (es decir, de minerales disueltos) en el agua de mar, la vida es imposible: no sólo crearla, sino también mantenerla. Y es la matriz geológica porque las lluvias se han encargado durante muchísimos millones de años de lavar la superficie de la tierra, arrancándole todos los minerales que contribuyen a darles vida a los vegetales (y a través de ellos, a los animales). Y esa maravillosa fecundidad la tiene en intensidad muy alta el agua de mar, que es el “suelo” en que se crían los microorganismos más elementales (el 90% de la materia viva), en los que empieza la cadena trófica del mar. Es decir que esa ingente masa de microorganismos del mar, constituye el primer paso de la transformación de los minerales en materia orgánica: altamente alimenticia por tanto.

Creo que llegados aquí es ocioso preguntar si de cara a la alimentación el agua de mar es buena o mala. El agua de mar, obviamente, es el primer elixir de la vida, le pese a quien le pese. ¡Ah, pero está muy mala! Bueno, vamos por partes.

A fuerza de tantísimo llover, la tierra ha perdido nivel mineral nutritivo, quedando en ese aspecto empobrecida; mientras el mar ha quedado exageradamente enriquecido. Y como nosotros quedamos en medio, ¿qué nos sucede? Pues que encontramos los frutos de la tierra muy pobres en minerales (nos lo dice nuestro paladar) y por eso necesitamos agregárselos: para arreglarles el gusto. Pero nos sucede también que el agua de mar la encontramos muy excedida en minerales (nos lo advierte también el paladar); por lo que si queremos aprovecharla, no nos queda más remedio que rebajarla (por ejemplo con agua dulce).

Pero claro, no es que los vegetales sean sosos y el agua de mar sea salada. No, no es eso. Lo que ocurre es que los vegetales los encontramos sosos (eso es cosa nuestra, no de los vegetales); y el agua de mar la encontramos salada (esto es también cosa nuestra, no del agua de mar, porque los peces, y sobre todo los microorganismos, que son mayoría aplastante, bien rica que la encuentran).

¿Así, qué nos pasa a nosotros que encontramos sosos los vegetales y salada el agua de mar? Pues nos pasa que nosotros somos menos sosos que los vegetales y menos salados que el agua de mar. Estamos, por decirlo así, a medio camino entre los dos extremos. ¿Y eso cómo lo arreglamos? Pues anda, echando un poco de agua de mar en lo que no alcanza el nivel mineral que nos pide el paladar, hasta que éste nos lo acepte.

¿Eso es todo? Bueno, casi. Hoy se ha puesto de moda (gran moda y gran lujo por cierto) usar agua de mar para salar las comidas. ¿Y eso? Con lo complicado que es echar agua de mar en vez de echar sal, ¿a quién se le ha ocurrido ese invento? Y sobre todo, ¿cómo se le ha ocurrido a la gente apuntarse a ese enredo? Cada vez es más la gente que usa agua de mar en vez de sal. ¿Por qué?

Pues por la gran calamidad de esta lamentable modernidad nuestra: por el refinamiento. Somos tan refinados, que hemos de gastar sal refinada (bueno, ultrarrefinada), que en vez de contener cerca de un centenar de minerales, que es como nos la ofrecen entre el mar y el sol, nos hemos empeñado (¡y encima por imperativo legal!) en que tenga sólo cloro y sodio. Y nuestro refinamiento sigue en el azúcar, el aceite, los cereales. Y para colmo de los colmos, por si eso no fuera suficiente calamidad, resulta que la agricultura ultramoderna castiga los campos no veas de qué manera: y luego producen lo que producen. Y no digamos nada de la ganadería y la zootecnia en general. Lo que comen los animales, lo comemos nosotros: no sólo los piensos depauperados, transgenizados y adulterados, sino los antibióticos, hormonas y demás medicamentos que les añaden para evitar que se desarrollen y aparezcan antes de sacrificarlos, las enfermedades que están incubando.

No era mi idea ponerme trágica; lo único que pretendo decir es que estamos en un bucle del que es muy difícil salir. Y resulta que el punto más débil de ese bucle es la edad avanzada. Porque es cuando se manifiesta con mayor intensidad la acumulación de los desajustes y errores alimentarios de una larga vida; con la particularidad añadida de que por razones obvias de edad las defensas no están tan activas como cuando uno está en su plenitud. Y la enfermedad, bien lo sabemos, es tremendamente oportunista.

La pregunta clave es, por tanto: ¿es aconsejable introducir el agua de mar en la dieta de nuestros mayores? ¿En qué les puede ayudar? Si tenemos en cuenta que sólo en el agua de mar tenemos el cóctel completo de minerales que necesita nuestro organismo (con la única excepción de una alimentación ecológica completísima y variadísima, al alcance de muy pocos), la conclusión es que más vale tarde que nunca; y que con suerte, gracias a la incorporación del agua de mar en la dieta, se llegan a corregir algunos problemas de ralentización y disfunción metabólica debidos a la falta o escasez de algunos minerales.

Si añadimos que gracias a esto se puede reducir el consumo de algunos medicamentos (por ejemplo los laxantes para compensar la inmovilidad forzada y algunos complejos minerales), tenemos un cuadro razonablemente mejorado sin necesidad de meternos en grandes cambios. Porque en el fondo se trata de sustituir en la cocina la sal por agua de mar (mucho más nutritiva y equilibradora) y de isotonizar (elevar el nivel mineral) las bebidas de nuestros mayores, empezando por la misma agua. Una manera genial de prevenir la deshidratación, puesto que el agua sólo remedia nuestra deshidratación si nos devuelve la calidad de la que hemos perdido: es decir no sólo agua, sino con los minerales que necesitamos.

Susana Castells

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